De entre los muchos libros que traigo de Loulé, todos ellos de poesía, quiero destacar hoy éstos que muestro aquí del portugués Fernando Cabrita y el onubense Manuel Moya, ambos publicados en la ya extinta colección Poesia a Sul, emparentada con la revista homónima, que yo sí conocía, y en la que llegó a publicarse en 2020 una reseña de mi libro más reciente entonces, 'Realidad': así va uno completando el inabarcable puzle de la variedad literaria, en el que tantas cosas quedan siempre por descubrir.
Los dos libros tienen mucho en común. Ambos son unitarios, es decir, contienen un solo poema largo, aunque en el caso del de Cabrita el texto esté dispuesto en partes que podrían leerse igualmente como poemas independientes. Ambos invitan a un recitado salmódico, sin paradas, un tanto extenuante, aunque también, por ello, de efecto hipnótico, induciendo en el lector una especie de trance en el que cobran distinta relevancia e intensidad los fragmentos meditativos, las repeticiones, el ruido de fondo de la realidad y los destellos líricos. Sobre ambos gravita el ejemplo de una tradición poética muy concreta, a la que pertenecen el heterónimo pessoano Álvaro de Campos (también, en alguna medida, Caeiro) y los poetas norteamericanos de la 'beat generation' (igualmente, en el caso de Moya, la poesía versicular de Luis Rosales, que puede considerarse en esa línea). Ambos, por último, infunden a su poesía un reconocible temblor existencial, fundamento de la emoción que se desprende de su lectura.
Las diferencias, por supuesto, importan tanto como las afinidades. Quizá el rasgo más reconocible de la poesía de Cabrita, al menos de los libros suyos que yo he leído, sea el uso de la simbología bíblica y religiosa, sin que ello quiera decir en absoluto que su poesía vehicule un mensaje "religioso" de tipo tradicional. También es característico en él el uso del collage sonoro, la introducción en el poema de palabras captadas aquí y allá en el maremágnum de la vida urbana contemporánea. Sus poemas, por ello, son experiencias, en el sentido en el que lo son también las ceremonias religiosas o los paseos por una ciudad desconocida: invitan a la inmersión en ellos.
La de Moya, por el contrario, al menos la del libro-isla aquí comentado, se sustenta más bien en los recursos del monólogo interior y se relaciona con el entorno en términos más visuales que sonoros, como lo haría un espectador que mira e interioriza lo que ve y lo traduce en pensamientos más o menos desbocados, aunque oportunamente llamados al orden por la contención que se impone el poeta y por el recurso a los ritmos del verso medido, convenientemente disimulado en la disposición versicular del texto.
Etcétera.


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